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“Mi nombre es Sara Lobla y soy fotógrafa o quizás soy fotógrafa y mi nombre es Sara Lobla. No se con exactitud que fue lo que vino primero. Lo cierto es que apenas recuerdo cuando apreté por primera vez un botón… Seguramente habría que rebobinar demasiado. Lo que es imborrable es la idea de cómo desde aquel remoto momento, en el que empecé a coleccionar recuerdos, en el que mi familia se las ingeniaba para esconderse de mi pequeño objetivo, y en el que mis encuadres cortaban casi todos los pies de mis únicos modelos, aquella inocente inquietud por la fotografía se iba convirtiendo poquito a poco y de forma inconsciente, en lo más substancial de mi vida. Aunque alguien intente negarlo, obviarlo o incluso ignorarlo una nunca puede escapar de un gran amor.

Aunque te escapes a un país nórdico o aunque te cambies de identidad y te tiñas de pelirrojo. Esta idea ha estado siempre presente en mi vida y ha sido la que, aunque dando muchos rodeos y tardando un poco más de lo planeado, me  ha traído a este concreto momento. La fotografía volvió a encontrarme, aunque nunca nos hubiésemos separado, pero volvió de una forma tan fuerte que arrasó con todo lo que no merecía la pena. A los 28 años invertí todos mis ahorros para estudiar los conocimientos que me faltaban y al poco de estar estudiando, ya estaba ganándome la vida con mi cámara. Desde entonces todo ha sido un intenso camino.”

Sin embargo todo ha empezado ha cambiar, y ahora siento que lo más importante en mi vida es mi hijo, el es mi fuente de inspiración, en el veo el amor incondicional cada vez que le miro a los ojos.

Entonces es cuando me doy cuenta, que es eso lo que quiero ir retratando por todo el mundo, ese amor incondicional que veo y siento con cosas “insignificantes” muchas veces al ojo humano, como la caída de una hoja, el florecer de una flor, las arrugas de una anciana pensativa… porque al fin y al cabo todo acto cotidiano puede ser extraordinario si somos capaces de ver el amor en el.